Obviando que ninguno somos libres al 100%, puesto que estamos continuamente sometidos a los desiginios de otras personas, otros entes, llevo un mes (el tiempo que he pasado sin escribir en el blog) que no dejo de darle vueltas a la cabeza, o como diría un antiguo profesor, que no dejo de "filosofar", sobre la libertad, lo racional, lo irracional, y demás asuntos trascendentes.
Está claro que mis circunstancias personales me han obligado a ello, pero nunca es tarde si la dicha es buena.
Juan Carlos Aragón Becerra, comparsista gaditano, habla en uno de sus popurrís de que "es el miedo a la libertad lo que impide ser libre" o de que "hay esclavos por naturaleza". Se puede estar de acuerdo o no, pero son frases que invitan a pensar. Y pensar es lo que más hago últimamente. No paro.
¿Es lo mimso ser libre, que estar sólo? Lógicamente no, pero a la hora de rendir cuentas de tus actos (libres), estar sólo te ahorra lo anterior. De lo contrario, esos actos llevados a cabo libremente pueden tener que ser explicados a alguien alguna vez.
Es todo muy relativo. Y se relativiza mucho más cuando a la hora de tomar una decisión, o de actuar, la cabeza dice una cosa y el corazón otra. Alguien, coherentemente, dirá que en función de si la persona que tiene la disyuntiva es más racional o menos, use la cabeza o el corazón. Así, el racional le hará caso a la primera, y el más irracional dará rienda suelta a sus sentimientos más profundos.
Pero, ¿y si se tiene de las dos cosas? Es decir, si una persona hace uso casi siempre de la coherencia, pero a la vez es muy pasional con las cosas y personas que ama, ¿qué hace a la hora de decidir?
No basta, como dicen muchos, con poner en una balanza lo bueno y lo malo y actuar en consecuencia. Ese consejo es bonito de dar, pero poco útil cuando es para uno mismo. Se llega a dudar sobre qué pesa más.
Cuando lo que se decide es algo tan importante como qué camino seguir llegados a un punto, no hay balanzas que ayuden. Porque se elija un camino u otro, se pierden cosas. Se dejan atrás. Y cuando se mira atrás, es como si se muriera en vida. Sólo el tiempo dá la solución a si se ha actuado correctamente o no. Pero con decisiones importantes, esa solución suele ser ambigua, y siempre quedarán dudas al pensar en el camino que no elegimos en su momento.
Personalmente, ni el tiempo ni escribir me están ayudando a tomar ninguna decisión, como había esperado. Filosofar, en este caso, no ha contribuido a avanzar. Estoy en el mismo punto que al principio. Echo de menos cuando todo era más fácil, más llevadero. No había dudas, y todo estaba claro. No como ahora.
Esta entrada en el blog, sin sentido ninguno, te la dedico a ti, que sé que me lees alguna que otra vez, y aprovecho para recordarte que, pase lo que pase, has sido lo mejor que ha pasado en mi vida.
Me duele la cabeza de darle vueltas a todo...